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No me di cuenta de que mi trabajo de 9 a 5 afectaba a mi salud hasta que lo dejé

No me di cuenta de que mi trabajo de 9 a 5 afectaba a mi salud hasta que lo dejé

A las 6 de la ma√Īana, de lunes a viernes, sol√≠a encontrarme en el transbordador junto con otras docenas de personas que se dirig√≠an al trabajo. Fue hace tanto tiempo, pero cada vez que recuerdo el trayecto desde Nueva Jersey a mi trabajo en Wall Street, se me hunde el est√≥mago. Es como si mi cuerpo reviviera una √©poca en la que mi mundo exterior y mis deseos interiores estaban tan enfrentados que mi interior no pod√≠a soportarlo.

Literalmente.

Me dol√≠a mucho y me sent√≠a muy hinchada. Eso s√≠, no era el mareo de todos los d√≠as. Para cuando llegu√© al trabajo, hab√≠a ido al ba√Īo m√°s veces de las que me siento c√≥modo admitiendo. En alg√ļn momento supe que ten√≠a que hacerme un chequeo. Despu√©s de un mont√≥n de ex√°menes y pruebas, el m√©dico me dijo que ten√≠a algo que podr√≠a atormentarme por el resto de mi vida: el s√≠ndrome del intestino irritable, o SII, como se le conoce com√ļnmente.

Es un trastorno que causa estragos en el intestino grueso y provoca dolor abdominal, gases, diarrea, estre√Īimiento y otras cosas que prefiero no describir. Mientras el m√©dico segu√≠a explicando mi diagn√≥stico, me entristeci√≥ escuchar que los expertos a√ļn no entend√≠an qu√© lo causaba y que eso significaba que no hab√≠a cura conocida. Tendr√≠a que controlarlo, dijo. Mantener los s√≠ntomas a raya.

Para algunas personas, el s√≠ndrome del intestino irritable puede controlarse evitando ciertos alimentos. Como me dijo mi m√©dico, podr√≠a evitar cosas como el gluten, la leche, las naranjas y los refrescos. Tambi√©n me sugiri√≥ que probara esta medicaci√≥n que ha ayudado a sus pacientes, pero me preocupaban algunos de los efectos secundarios. En general, la √ļnica cosa en la que hizo hincapi√© fue en examinar detenidamente el estr√©s en mi vida porque el estr√©s podr√≠a ser un gran desencadenante del SII.

Y sabía que tenía razón. Pero una parte de mí no creía que pudiera permitirme hacer lo que mi instinto me decía explícitamente.

Hab√≠a pasado a√Īos trabajando duro para construir lo que cre√≠a que era una vida de seguridad y comodidad. No crec√≠ en lo que parec√≠a un hogar estable. Aunque mis padres me quer√≠an y cuidaban de la mejor manera que sab√≠an, hubo muchas ocasiones en las que no me sent√≠a segura ni estable, especialmente despu√©s de que mis padres se divorciaran. Era un ni√Īo ansioso que ten√≠a frecuentes dolores de est√≥mago y de cabeza y que a menudo se mord√≠a las u√Īas hasta que sangraban. Pensaba que mi forma de salir de todo eso era ir a la escuela, conseguir un buen trabajo en una empresa y ganar lo suficiente como para poder crear mi propio hogar y sentirme segura.

A finales de mis 20 a√Īos, lo estaba consiguiendo: Era una exitosa organizadora de eventos para un importante banco de Nueva York y ganaba un dinero decente. Aunque la mayor parte de mis horas eran en la oficina, viajaba por todo el pa√≠s, iba a todas esas fiestas emocionantes, conoc√≠a a todo tipo de gente interesante, conduc√≠a en coches privados y com√≠a comida de lujo. Viv√≠a con un hombre al que amaba en un acogedor apartamento a las afueras de la ciudad. Ten√≠a mucho que agradecer.

Pero mi cuerpo llevaba mucho tiempo habl√°ndome, dici√©ndome que algo estaba desajustado incluso antes del s√≠ndrome del intestino irritable. Por mucho que intentara soportarlo, no pod√≠a soportar estar todo el d√≠a mirando hojas de c√°lculo de Excel y correos electr√≥nicos. No siempre quer√≠a salir por la noche para estar presente en otro evento o agobiarme en un bar abarrotado. Sab√≠a que a algunos de mis compa√Īeros no les molestaba el trabajo. De hecho, les encantaba.

Pero no me estaba funcionando. Todo esto me estaba estresando hasta el punto de que mi piel empez√≥ a brotar en forma de ronchas. Me sent√≠a cansada todo el tiempo y los dolores de cabeza volv√≠an a aparecer y empec√© a morderme las u√Īas como cuando era ni√Īa. Tom√© m√°s cafe√≠na y alcohol para sobrellevarlo, lo que ir√≥nicamente no ayud√≥ a la ansiedad ni a mi salud. Era un c√≠rculo vicioso.

El estr√©s, por cierto, no hace m√°s que empeorar cualquier afecci√≥n con la que se est√© lidiando: puede aumentar la presi√≥n arterial, el consumo de alcohol, el riesgo de enfermedades card√≠acas, los niveles de ansiedad, as√≠ como desencadenar la tristeza y la depresi√≥n. Tal vez, mi mejor estrategia en ese momento para controlar mi estr√©s era dar peque√Īos paseos al parque local de la ciudad para tomar aire fresco.

Un día, estaba sentada en mi cubículo enviando un mensaje de texto a mi madre sobre lo enferma que me sentía.

"Realmente tienes NDD", dijo. "Ya sabes, trastorno por déficit de naturaleza".

"Jaja, ¬Ņqu√©? ¬ŅEs eso real?", dije pensando que estaba bromeando. Mi madre es m√°s new age que yo y siempre est√° diciendo cosas "de fuera" que son un poco woo-woo para m√≠.

Pero más tarde, hablando con algunos de mis amigos, descubrí que es algo así como una cosa. NDD es un término popular que se ha utilizado para describir el estrés que se acumula de la vida en la ciudad. De hecho, no se trata de un trastorno real ni de nada que se pueda diagnosticar a una persona, pero me pareció que mi madre tenía razón. Así que investigué un poco y descubrí que hay todo un campo de estudio sobre este tema.

He leído estudios que han descubierto que las personas que pasan al menos 120 minutos en la naturaleza experimentan una mejor salud y bienestar general; otras investigaciones revelan que exponerse regularmente a un suelo denso en nutrientes puede aumentar la diversidad de bacterias buenas en nuestro microbioma para mantener nuestros intestinos sanos; y hay una tonelada de literatura sobre cómo la jardinería puede ayudar a reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo.

Pero lo que fue m√°s poderoso que todos los n√ļmeros y estad√≠sticas fueron algunos de mis recuerdos m√°s felices de la infancia que resurgieron durante la conversaci√≥n de texto de mi madre. Record√© un verano en el que mis padres plantaron un huerto que me encantaba. A menudo, cuando me peleaba con mis hermanos, hac√≠a la maleta y la tienda de campa√Īa y me iba al huerto a pasar la noche.

No me di cuenta de que mi trabajo de 9 a 5 afectaba a mi salud hasta que lo dejé

Record√© otra vez que mi madre nos llev√≥ al norte del estado y fuimos de excursi√≥n por el bosque. El cielo era tan azul y hab√≠a tantas flores. Recuerdo que las recog√≠a mientras mi madre me dec√≠a sus nombres. Esto fue poco despu√©s de que mis padres se separaran y por primera vez en un tiempo ya no me sent√≠a como esa ni√Īa ansiosa. Me sent√© en una roca junto a mi madre bajo el c√°lido sol y recuerdo estar en paz, pensando que "todo iba a salir bien".

Al recordar todo eso, finalmente acept√© el hecho de que ning√ļn paseo de 15 minutos durante mi descanso para comer iba a sustituir la inmersi√≥n en la naturaleza que siempre me ha parecido m√°s aut√©ntica. Finalmente decid√≠ apoyarme en lo que siempre he sabido intuitivamente.

Aunque la idea de dejar el sueldo de 9 a 5 me pon√≠a incre√≠blemente nerviosa, sab√≠a que ten√≠a que dejar la ciudad y la seguridad que hab√≠a creado all√≠ para poder sanar. Mi entonces novio (ahora marido), Rob, y yo decidimos que era el momento de arriesgarnos y hacer lo que hab√≠amos fantaseado durante mucho tiempo: Comprar una casa en medio de la nada y vivir de la tierra todo lo que pudi√©ramos, un privilegio y una oportunidad que sabemos que muchos no tienen. No sab√≠amos exactamente c√≥mo √≠bamos a ganarnos la vida, pero esper√°bamos que, de alg√ļn modo, lo conseguir√≠amos.

En febrero de ese a√Īo, nos dirigimos a Marlboro, NJ, y encontramos una peque√Īa granja de dos habitaciones de 1860 en venta. En el momento en que entramos en su largo camino de tierra supe que era donde quer√≠a estar.

Fue m√°gico para m√≠. Ya sabes, como cuando Blancanieves empieza a cantar y todos los animales animados se re√ļnen alrededor. No hab√≠a m√ļsica cursi, sino que hab√≠a muchos ciervos reales caminando entre estos enormes y viejos √°rboles. Hab√≠a hermosos cardenales rojos por todas partes sentados en las ramas. Y cuando entramos, toda la casa ol√≠a a pan caliente. Era embriagador. El propietario acababa de terminar de hornear antes de que lleg√°ramos.

De pie en esa casa, por fin volv√≠ a sentir esa sensaci√≥n de que "todo iba a salir bien". Y pensar que nunca lo hab√≠a sentido en ning√ļn otro lugar en el que hubiera vivido.

Mi coraz√≥n se hinch√≥ cuando m√°gicamente dijeron que s√≠ a nuestra oferta. Nos mudamos en mayo. Entonces, en mi 30¬ļ cumplea√Īos, Rob me sorprendi√≥ con una cabra enana nigeriana, nuestro primer animal de los muchos que vendr√°n. La llamamos Magnolia y as√≠ comenz√≥ nuestra hermosa granja.

A partir de entonces, nuestro objetivo fue cultivar nuestros propios alimentos integrales y ser más activos al aire libre. Como Rob y yo teníamos problemas de salud (él tiene diabetes de tipo 1), pensamos que era la mejor manera de ayudar a nuestros cuerpos a sentirse mejor.

Fantas√≠as aparte: Durante los primeros meses, aprender a obtener la mayor parte de nuestros alimentos en nuestra peque√Īa granja fue duro. Rob, que es ingeniero, ley√≥ libros y vio muchos v√≠deos en YouTube para aprender a cazar, pescar, carnicer√≠a y procesar nuestras prote√≠nas. A trav√©s de la investigaci√≥n y el ensayo y error, perfeccion√© mis habilidades de jardiner√≠a, aprend√≠ a encurtir, conservar los alimentos, orde√Īar las cabras y descubr√≠ c√≥mo tratar a un pollo que estornuda (entre otras muchas cosas). Tardaba d√≠as en abastecer nuestra cocina, al principio m√°s lentamente porque todav√≠a ten√≠a que ir a mi trabajo en Manhattan para pagar las facturas. Todav√≠a estaba estresada. Pero dedicar 30 minutos a dar de comer a las gallinas por la ma√Īana antes de salir a la calle me daba espacio para respirar y encontrar mi energ√≠a.

Después de unas semanas de comer más alimentos integrales y pasar más tiempo en la tierra, noté que mi piel mejoraba y mis dolores de cabeza disminuían. Pero, sinceramente, el síndrome del intestino irritable no se calmó hasta que me animé a dejar mi trabajo para poder pasar más tiempo en la naturaleza, lejos de la rutina urbana. Tuve suerte cuando alguien me ofreció un trabajo de planificación de eventos que podía hacer desde casa y, con el tiempo, aprovechar para ampliar mi propia empresa de planificación de eventos. También lo necesitaba para poder seguir construyendo la granja con Rob sin arruinarme. Cuidar de las gallinas es caro; es mucho más barato ir corriendo a comprar un cartón de huevos a la tienda.

No me di cuenta de que mi trabajo de 9 a 5 afectaba a mi salud hasta que lo dejé

Meses despu√©s, cuando Rob y yo empezamos a invitar a nuestros amigos y familiares a comer, mi hermana tuvo una gran idea: abrir la granja a otros y convertirla en un negocio. Diez meses despu√©s de comprar la casa, empezamos a organizar clubes de cena en los que ense√Ī√°bamos a la gente a hacer la comida que com√≠amos: tortillas caseras, c√≥cteles de kombucha, queso, de todo. Dutch Hill Homestead se convirti√≥ en un centro para todo tipo de eventos culinarios, talleres sobre vida sostenible y meditaciones.

Ahora, con la pandemia mundial y las normas de zonificaci√≥n de las ciudades, ya no somos anfitriones. En su lugar, compartimos nuestra vida en la granja a trav√©s de las redes sociales y vendemos caldo de setas, jab√≥n, queso, criamos animales y todo tipo de cosas. Pero a veces sigo pensando en toda la gente que ha venido a nuestra peque√Īa casa de Jersey a comer, re√≠r y compartir. Pienso en esas reuniones y me dan ganas de llorar porque realmente siento que por fin estoy alineada con lo que debo hacer, que he creado un espacio en el que todo el mundo, incluida yo misma, puede sentirse acogido y seguro. Es un hogar donde puedo crecer, servir a los dem√°s y, lo que es m√°s importante, servir a mi familia y al planeta.

Aunque mi salud ha mejorado, sigo teniendo síndrome del intestino irritable y creo que siempre viviré con algo de ansiedad. (Algunos expertos dicen que la ansiedad es genética y que sólo se puede controlar, no curar). Pero ahora, cuando tengo un brote, no me juzgo tanto a mí misma. Veo mi ansiedad y mi SII como sistemas de notificación que se activan cuando no estoy viviendo mi verdad, cuando estoy complaciendo a la gente, comiendo alimentos que a mi cuerpo no le gustan, o volviendo a esa vieja mentalidad de carrera de ratas. A veces, los brotes son avisos de que necesito más apoyo.

Reconozco que lo que hicimos Rob y yo fue extremo y no es factible (o deseable) para todo el mundo. Por suerte, hay muchas otras formas de relacionarse con la naturaleza que no implican la cr√≠a de cabras enanas: pasar unas horas en el parque local, ir de acampada, hacer peque√Īas excursiones de un d√≠a a la playa, hacer picnics en el parque con regularidad, incluso dar paseos en ferry para divertirse (¬°en serio!).

Y Rob y yo esperamos que a través de Dutch Hill Homestead podamos compartir lo que hemos aprendido con otros para que todos podamos descubrir cómo vivir juntos de forma más sostenible como comunidad. Mi deseo es que cada vez más personas, en particular nuestros líderes, vuelvan a dar prioridad al cuidado de la Madre Tierra para que todos podamos volver a conectarnos con nosotros mismos, con los demás y poder sanar.

Nota del editor: Si padece o cree que padece el síndrome del intestino irritable, es fundamental que hable con su médico, ya que la medicación puede ser beneficiosa para usted. Para más información sobre la ansiedad y cómo gestionarla, visite la Anxiety and Depression Association of America.

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