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Empecé a salir con alguien justo antes de la pandemia

Empecé a salir con alguien justo antes de la pandemia

Nunca tuve un buen historial de presentaci√≥n de parejas a los amigos. Hab√≠a salido con tipos propensos a utilizar esos encuentros iniciales para presumir de sus √≥rdenes de arresto previas o de la costilla en el desafortunado corte de pelo de un amigo ("muy Oregon Trail"). Pero cuando Jason conoci√≥ a mis amigos por primera vez en mi cena de cumplea√Īos, no me avergonz√≥ ni hizo llorar a nadie. Era amable, de modales suaves y se integr√≥ f√°cilmente en nuestro grupo de amigos. Pude sentir que la buena energ√≠a de la noche se extend√≠a a otras veladas.

Pero no habr√≠a otras tardes, al menos durante un tiempo. Dos semanas despu√©s de aquella cena -s√≥lo dos meses despu√©s de que empez√°ramos a salir- la pandemia de COVID-19 recorri√≥ el pa√≠s. Ahora s√≥lo estar√≠amos nosotros dos en el apartamento de Jason, una m√≠sera l√≠nea de √©l a m√≠. Me preocup√© por esta √ļnica l√≠nea, que se desplom√≥. ¬ŅSe puede construir una relaci√≥n en un plano bidimensional? ¬ŅNo es necesario que una relaci√≥n se doble hacia fuera, hacia otra superficie, hacia otras fuentes de retroalimentaci√≥n y ruido?

Aunque a menudo era demasiado susceptible a las opiniones de los dem√°s, me preocupaba que una relaci√≥n no pudiera existir en el vac√≠o. Necesitaba ser sostenida y alimentada desde el exterior. Cre√≠a en el proceso de integraci√≥n. Cuando imagino un futuro con alguien, me lo imagino alojado entre dos primos en Acci√≥n de Gracias, participando en todos los chistes familiares. Me lo imagino uni√©ndose a uno de mis chats de grupo de WhatsApp, desplegando un flujo constante de textos jocosos. La noche en que Jason conoci√≥ a mis amigos, uno de ellos me envi√≥ un mensaje de texto diciendo que √©ramos una "pareja encantadora". Aunque nos averg√ľence admitirlo, la mayor√≠a de nosotros (en alg√ļn nivel) queremos ser juzgados o evaluados. Queremos ver nuestra relaci√≥n refractada por un tercero.

A medida que la cuarentena se prolongaba, Jason y yo empezamos a relacionarnos lentamente con otras personas, aunque a distancia. Entablamos una serie de interacciones, con la cara tapada, en el patio, en el campo e incluso en el Zoom. Cada pocas semanas, los padres de Jason dejaban la compra que formaba parte de su pedido de Costco. La primera vez que pasaron por aquí, el pánico me recorrió sin cesar. Prefería reunirme con otras personas en lugares tranquilos y debidamente sentados, donde pudiera evaluar lentamente la sala, examinar el ambiente, entrar y salir tímidamente de la conversación. Pero con un asesino viral invisible entre nosotros, esas reuniones tranquilas ya no eran posibles. Cuando conocí a los padres de Jason, nos quedamos a dos metros de distancia en una acera, intercambiamos exagerados abrazos al aire, compartimos actualizaciones apresuradas sobre varios parientes, contemplamos cuándo -si es que alguna vez- podríamos reunirnos en un entorno interior.

Pero el breve encuentro pose√≠a una calidez sorprendente. Todav√≠a encontramos nuevas formas de conectar, de pie, de pasada. El distanciamiento social nos obliga a sortear nuevas barreras, a improvisar nuevas entradas en la intimidad. Tenemos que inventar nuevos gestos de calidez, hacer se√Īas de nuestro afecto, empujar a las partes m√°s profundas de la conversaci√≥n dentro de un marco de tiempo limitado, antes de que la r√°pida reuni√≥n termine. Es la intimidad a la velocidad de la distancia.

Empecé a salir con alguien justo antes de la pandemia

Cuando Jason conoci√≥ a mis padres, estaban a 570 millas de distancia en Kentucky. FaceTime era todo lo que ten√≠amos. Me sent√≠ mal por √©l por tener que conocer a mis padres a trav√©s de una pantalla de 4,7 x 4,7, y por tener que ver su propia cara en una pantalla a√ļn m√°s peque√Īa dentro de esa pantalla. Desesperada por llenar el inminente silencio, me lanc√© a contar otra historia tonta y obvia sobre c√≥mo han cambiado nuestras vidas. "¬°Acabo de cortarme el flequillo con unas tijeras para ni√Īos en el ba√Īo!" dije. "¬°Qu√© tiempos tan locos estamos viviendo!" Mis padres se sumieron en un mar de carcajadas. Benditos sean. Sus ruidosas carcajadas por nada aflojaron las costuras de la llamada. La risa, sin duda el modo m√°s primitivo e instintivo de conectar, nos ayuda a recordar c√≥mo actuar con normalidad entre nosotros, incluso a trav√©s de un videochat con conexiones WiFi poco seguras. Como ahora nos vemos obligados a reunirnos en fragmentos, a trav√©s de la est√°tica, en las pantallas, la risa nos recuerda los buenos tiempos de la vida real, contando malas historias en bares y restaurantes de mala muerte.

A la ma√Īana siguiente, mi madre me dijo que le gustaba Jason: "¬ŅQu√© es lo que no le gusta?", pregunt√≥. Mi iPhone segu√≠a uni√©ndome umbilicalmente a mi familia, era reconfortante saber que mi familia y mis amigos pod√≠an seguir ofreciendo sus incesantes y no solicitadas opiniones, a tres estados de distancia. Mi relaci√≥n nunca tendr√≠a que existir en el vac√≠o. Ninguna parte de mi vida lo har√≠a. En medio de la lejan√≠a de nuestras nuevas vidas, la falta de forma y la extra√Īeza de nuestra nueva existencia, todav√≠a pod√≠amos encontrar formas nuevas y no probadas de dejar entrar a la gente.

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